Cuenta la leyenda o quizá fuese histórico, que hace muchos muchos años, en aquella época de nobles y vasallos vivía un Rey en su castillo. Hacía poco que se había mudado a su nueva morada en el Reino de Roselló; sin embargo El Rey Waldofo era muy desdichado.
No había conseguido que su vástago, el Príncipe Lucievo, contrajera nupcias con ninguna de las muchas pretendientes que acudían a Palacio a ofrecer su mano. Hombre bien parecido y de buena planta, encontraba defectos en todas y cada una de las mujeres que se le presentaban para tal propósito. Ninguna de ellas fue capaz siquiera de atraer mínimamente la atención del heredero: Vanita, mujer de enorme atractivo, tenía la peculiar afición de cortar el pelo púbico de sus amantes a tijera en las reuniones sociales, olvidándose a veces el arma del delito sobre la pila del lavabo. Juliette, mujer de exuberante anatomía y curvas imposibles, tal era su juego de caderas al andar que era capaz de mantener en danza un hula-hop mientras caminaba. Y un largo etcétera de candidatas, todas ellas habían fracasado estrepitosamente en el intento de seducir al príncipe. Lo habían intentado incluso una pareja de lesbianas, Irena y Erzia, que habían llegado al pueblo hacía poco y vivían juntas con su perro, corriendo idéntica suerte que las demás. El único interés de Lucievo radicaba en el análisis de las máquinas, le encantaba observar y descubrir el funcionamiento o código de cualquier engendro mecánico. Lo desarmaba, lo examinaba por dentro y lo volvía a armar aunque por desgracia no siempre la curiosidad y la habilidad iban de la mano. Observando día tras día la pasividad del príncipe en lo concerniente a su futuro y el de su reino, la paciencia del Rey llegó a su fin. Una noche, mientras cenaban, le dijo lo mucho que le preocupaba el que no hubiese encontrado todavía una mujer a la que unirse y asegurar así el futuro del feudo familiar. – Es que no sé qué es lo que quiero dijo – entonces mejor será que me digas qué es lo que quieren ellas – contestó el monarca. – Creo que no le entiendo Padre. – es muy sencillo hijo, te voy a dar 10 días con sus 10 noches para que me contestes a la pregunta de “Qué es lo que de verdad desean las mujeres?”, si transcurrido el plazo no consigues la respuesta, te desheredaré. Buen viaje y buena suerte. Acto seguido, alzó del sillón su generosa anatomía, y con paso firme abandonó el comedor en dirección a sus aposentos, dejando a Lucievo con cara de circunstancia y el reto más difícil que en sus 28 años de vida habría de afrontar.
A la mañana siguiente, algo desconcertado todavía por lo acontecido el día anterior, el príncipe Lucievo partió en busca de la respuesta. Lo primero que hizo fue bajar al pueblo confiando en que sus vecinos le brindasen la solución al enigma. Entró en el jardín del pueblo y encontró a su amigo Josuaka quien todavía seguía cojeando por una lesión que se hizo de joven en su rodilla derecha mientras bajaba una montaña practicando la especialidad que mejor se le daba: el canelo. Tras interesarse brevemente por su estado de salud, le formuló la pregunta. A lo que Josuaka respondió con un inexpresivo “vete tú a saber”. No creo que mi padre de como válida una respuesta así.
Prosiguió su camino y minutos más tarde sentado en un banco de la Plaza Mayor encontró a Panschét, jugueteando con una tortuga de peluche entre las manos. Lo conocía bien de su infancia ya que era el hijo de una de las doncellas de Palacio y juntos habían compartido muchos ratos de juego y diversión. Seguía igual que siempre, con sus enormes gafas de pasta negra y unas greñas rizadas que seguramente no habían visto jamás la tijera de un peluquero. Le expuso el tema y tras quedarse un rato meditando dijo: creo que desean encontrar un alma pura y transparente que las haga sentir y las lleve en volandas a un mundo mágico y de ensueño….. buuufffff!! Madre mía! Ya decía yo, que el charco que había debajo de su banco no era de agua precisamente. En fin, muchas gracias amigo, espero verte pronto.
En su segundo día de búsqueda Lucievo fue a ver al carnicero del pueblo, el Sr. Edano era un hombre de lo más peculiar y extravagante, casado desde hacía muchos años, se decía que llevaba 25 años sin tocar a su mujer, se las daba de empresario y afirmaba ser el inventor de las pajas, un curioso artefacto que había ideado para beber líquidos sin necesidad de tocar el recipiente con los labios, pensaba comercializarlo algún día y dejar su puesto en la carnicería con los beneficios que obtuviese. Se sentía muy orgulloso de sus pajas y le decía a todo el mundo que era capaz de hacerse cuatro o cinco cada día y que si estaba inspirado y tenía buen material podía llegar a la octava sin problemas. Comerles el conejo a bocados y meterles cuatro dedos de golpe, jajaja!! I am kate Moss!! No le pareció al Príncipe la solución más idónea al enigma acerca de los verdaderos deseos de las mujeres. Así que se despidió cortésmente del sr. Edano que se disponía en ese momento a beberse un zumo de naranja en el que previamente había vomitado una magdalena masticada. Qué gente, Dios!
Necesitaba meditar su estrategia y alejarse un poco de todo y se fue al bosque. Fue allí donde encontró a Hacchazo, que no paraba de hablarle a voces a un cucurucho de cartón que tenía en la mano. Su curiosidad por los artilugios atrajo la atención del príncipe. – Extraño juguete ese que portas. – estoy ideando una nueva forma de comunicación que cambiará la vida de la gente en un futuro no muy lejano. Consiste en poder hablar con tus amigos y familiares sin necesidad de verlos y a distancia, hablando a través de este artefacto. Algún día todo el mundo llevará uno de estos en el bolsillo cuando salga de casa, montaré mi propio negocio y los distribuiré a miles… – vaya pueblo de visionarios de mierda, pensó Lucievo, y sintió cómo las palabras en su cabeza le producían una rara mezcla de desprecio y lástima al mismo tiempo. – En fin, creo que ya está bien por hoy.
Al tercer día el ánimo del Príncipe empezó a decaer, el día había amanecido gris, el cielo cubierto por unas nubes tan densas que apenas filtraban los rayos del sol. El día estaba plomizo y apagado como el ánimo de Lucievo que veía cada vez con más pesimismo cómo pasaban los días y no hallaba la respuesta. – debo cambiar de estrategia. Preguntaré a una mujer. No tenía amigas ya que las únicas féminas que conocía eran las que acudían a Palacio a pedir su mano. Y todas ellas, sin excepción eran rechazadas y abandonaban la fortaleza no sin cierto resquemor.
De repente vio a una muchacha que se afanaba en poner a andar su carruaje que había quedado parado en medio de la calzada. Era la hija del orfebre. La escena resultaba bastante cómica, Lerona, -que así se llamaba la muchacha- maldecía y pegaba puntapiés a las ruedas de su carro desesperada por hacer que aquel trasto que ya la había dejado tirada en varias ocasiones echara a andar. No estaba la chica para acertijos. Esa es la conclusión a la que llegó el príncipe tras recibir por respuesta un ensordecedor rugido en su cara que le peinó hacia atrás el flequillo. Vaya carácter! –buenas tardes tenga usted señorita y yo de usted engrasaría los ejes de las ruedas más a menudo .
Mientras se alejaba de la escena, la oía maldecir y blasfemar como una posesa. Precisamente fue unos de esos exabruptos, que contenían el verbo defecar en primera persona del singular, el que le guió hasta la siguiente candidata.
Debían de ser las 5 de la tarde cuando Lucievo golpeó el portón del Monasterio de las Hermanitas de la buena fe del Señor. Le abrió Sor Fatimina, una monja menuda de rasgos infantiles que le sonrió nada más verle. Fatimina tenía más peligro que Michael Jackson haciendo horas extras de canguro. Hacía 10 años que su padre la había recluido en el convento en un vano intento de curarle la extrema perversión sexual que sufría. Y es que a Fatimina todo le recordaba al sexo: cualquier cavidad le parecía una vagina y todo apéndice o bulto le recordaba a un pene. Hasta veía orgías en las cáscaras de la naranja. Ante tal panorama, su padre se vio obligado a encerrarla en el convento no tanto con la esperanza de que se curase como con la certeza de que así ocultaría la vergüenza a la familia. – Hermana, se anticipó el Príncipe, necesito que me de respuesta a una pregunta que le traigo y que es de vital importancia para mí y para el futuro del reino. Mmmhhhm mmm hhm mm. – ehh… me gustaría saber qué es lo que de verdad desean las mujeres. Mmhh mm mmm.. mmhhm mmmhhhh…. – Perdone, cómo dice?? – mmhh mmmm hh mmm hhh mmmhhm hmmmhmmm… Joooder!! Putos votos de silencio!! No hay quien las entienda! Al carajo! Sabe qué le digo? Que me largo y se queda usted sin la docena de huevos!! Adios!!
Regresó a palacio abatido. No había conseguido avanzar nada desde el primer día. – ¿por qué no consigo la respuesta? He preguntado a un jardinero, un poeta, un carnicero, la hija de un orfebre, un futuro empresario y hasta una monja. ¿A quién me queda por preguntar que pueda darme la clave de lo que busco? Eso es!!! Un vividor! Un bohemio esa es la persona que me falta.
Al día siguiente, como alma que lleva el diablo, se levantó y corrió colina abajo en dirección al pueblo. Unas cuantas preguntas a la ciudadanía le bastaron para saber a quién debía dirigirse. “El Pipas” era el apodo de este individuo, que no guardaba relación alguna con la afición por los frutos secos precisamente. La historia de El Pipas era de lo más curiosa. Hijo de un empresario hilandero, había trabajado para la familia durante varios años en un puesto en el que tenía que poner un dedo entre los telares de tanto en tanto para evitar que las hebras se enredaran. Poniendo dedito, sacando dedito y volviéndolo a poner, al cabo de tres años el muchacho acabó hasta las pipelotas de poner el jodido dedito. Lo dejó todo y ahora no se sabía bien a qué se dedicaba. Se pasaba el día tirado en la calle sentado en su butacón y fumando una extraña suerte de tabaco que el mismo producía y liaba, y que sacaba de una planta que cultivaba en su balcón, muy parecida a un helecho y a la que le había puesto el curioso nombre de María. Según él, fumar ese tabaco le producía una sensación de puuuuuuta madre, tío!! Creía estar en el Cielo y de ahí le había venido la idea del nombre con que bautizar a su descubrimiento.
Cuando dio con El Pipas tirado en su butacón, se acercó a él. Ehh, yo te conozco tío, tu eres el marquésssshhh, a que sí? – Príncipe si no te importa. –eso. Dime, ¿Qué quieres de mí? Estoy buscando la respuesta a un acertijo y me preguntaba si tú me la podrías proporcionar. – dispare alferez. – Príncipe. – eso. Necesito saber qué es lo que de verdad desean las mujeres. El Pipas, dio una profunda calada a su cigarro y quedó unos segundos pensativo y en silencio antes de soltar el humo por la boca con singular parsimonia.. – me temo que no lo sé señor duque. – Prrr.. ah! Es igual. Ya estaba por marcharse el Príncipe cuando el muchacho dijo algo que lo detuvo. Sé quién te puede dar la respuesta, dijo, y volvió a aspirar una bocanada de su María y a expulsar el humo a cámara lenta. El príncipe quedó expectante. El Pipas se incorporó en su butacón y dijo. – la bruja Paolina. Ella lo sabe todo y tendrá la respuesta para ti. Vive bastante lejos de aquí, al otro lado del charco en la ladera de la montaña rocosa que se alza más allá del bosque de abedules, en la región del Bialomco. Si sigues la dirección del sol y marchas a buen paso, te llevará un par de días. Lucievo le pidió que lo acompañase y que le pagaría bien si lo hacía y así el muchacho accedió.
Por la mañana temprano del quinto día, se pusieron en marcha en busca de la guarida de la bruja Paolina. Fue un viaje largo y agotador no solo por la dureza del camino sino por las tonterías que tenía que aguantar el príncipe de su compañero de viaje. Cuanto más fumaba más incomprensible se hacía su discurso llegando a ser en ocasiones absurdo rozando lo surrealista. Le hablaba de su familia y de un tío que tenía que criaba vacas. Comentaba que era importante saber diferenciar a las vacas de los toros, ya que la leche no sabe igual según a quién ordeñes. Dos días con sus dos noches aguantando una tras otra, una tras otra hasta que finalmente cuando se había cumplido el séptimo día del plazo dado por el Rey, alcanzaron la cabaña de la bruja a media tarde. Era un caserón de madera bastante viejo y descuidado. Los tablones, dispuestos de manera irregular estaban descoloridos por los años que habían estado expuestos a la intemperie y el poco afán de renovación que había mostrado su propietaria. La puerta estaba entornada. El príncipe la empujó y un vahído a madera húmeda y flores muertas penetró por las fosas nasales de los nuevos inquilinos. Adentro la oscuridad solo era interrumpida por los pequeños rayos de luz que se filtraban por entre los tablones de las paredes y un par de diminutas velas del “todo a cien” que asomaban por uno de los rincones. El mobiliario era viejo y más bien escaso. Una voz se oyó desde una de las habitaciones del interior – pasad, pasad. La voz chirriaba casi tanto como las bisagras de la puerta de la entrada. Llegaron a una especie de comedor en la que una anciana de edad incalculable estaba sentada a la mesa mezclando una baraja de cartas con ilustraciones de difícil interpretación. Las barajaba y las disponía sobre la mesa con gran atención.
El Príncipe se adelanto. Su voz sonó impaciente y desesperada. –señora, hemos venido aquí porque quería saber… sí, sí, ya sé lo que quieres saber, os estaba esperando. Los dos se miraron sorprendidos. Paolina prosiguió. – es muy importante para ti esa información, yo lo sé. Ayudarte a encontrar la respuesta podría. Vaya, lo que faltaba! Suspiró el príncipe, otra adepta a La Guerra de las Galaxias!! Joder, y eso que la estrenan dentro de 520 años, hay que joderse con la vieja! Bueno señora, ¿nos va a ayudar o no?
La bruja alzó la vista. Miré joven, que yo posea la respuesta no quiere decir que se la vaya a dar gratuitamente y como si nada, he consagrado mi vida al conocimiento y la sabiduría, las arrugas que surcan este rostro difícil de ver las han ido esculpiendo la experiencia y las vivencias adquiridas en casi un siglo de vida. Como suele decirse, quien algo quiere algo le cuesta. – muy bien, me parece correcto, dígame de cuántos doblones de oro estamos hablando y le extenderé un cheque. – puedes coger tu cheque, hacer con él un canuto y metértelo por el culo o regalárselo a tu amigo para que se lo fume, elige. Al Pipas se le escapó una risa que sonó a tos.– entonces, dígame qué quiere a cambio? – ya le he dicho que mi vida ha estado dedicada por entero al conocimiento y el aprendizaje no solo de este mundo sino también de los otros mundos, paralelos a este, distintos pero con su propia lógica y leyes que los rigen, igual que este en el que compartimos la existencia ustedes y yo. Han sido estos conocimientos o quizá la vida que elegí vivir, prosiguió Paolina, la que me obligaron a apartarme de la sociedad, he sido perseguida, insultada y agredida por la sinrazón de aquellos que dicen ser personas. Un siglo de soledad es toda una eternidad…. Digamos que lo que pido a cambio de la respuesta que necesitas es; un poco de ese amor que se me ha negado. El Pipas se quedó boquiabierto, sus ojos empezaron a escanear las estanterías del comedor en busca de un bote de miel o mermelada. Estamos a un paso de convertirnos en caniches humanos, pensó. Sintió que la boca se le secaba y una gota de sudor le resbalaba por la espalda. – ¿qué quiere decir con un poco de amor? ¿qué tenemos que hacer? – No preguntes, joder!! Le susurró como pudo el Pipas con la boca entrecerrada de medio lado. La bruja suspiró, como el deportista que se dispone a hacer su último intento para superar la marca antes de ser descalificado. Era consciente de que seguramente esta sería su última oportunidad. Veréis, es muy sencillo. Te diré qué es lo que en realidad desean las mujeres a cambio de que tu amigo acepte casarse conmigo y vivir aquí a mi lado por el resto de nuestros días. La mirada de Lucievo era ahora de estupefacción y la del Pipas de un absoluto terror contenido que se le escapaba por los ojos.
Ya había anochecido afuera, eran los primeros días de verano, el cielo estrellado de puntos luminosos y la luna con su sonrisa de perfil parecía divertirse con la escena.
Continuará….
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