Mi dulce Cu

En agosto de 1976 nació un Dragón en el Imperio Chino. No era de esa clase de dragones que a todos nos viene a la mente con su cuerpo imponente con cabeza acocodrilada y larga cola acabada en punta de lanza, escupiendo llamaradas por las fosas nasales a diestro y siniestro. No. Este dragón era menudo, y al llegar a su edad adulta, llevaba lentes graduadas, pesaba apenas 70 kilos, y su aspecto le confería un aire a lo Dalai Lama con perilla de guerrero de la lucha libre. A medio camino entre lo intelectual y la bestia.

No en vano la sabiduría china atribuye a las personas nacidas en el año del Dragón un carácter que combina la fuerza y vitalidad física con una firme defensa de sus convicciones , la búsqueda de un propósito especial en la vida y su fiel entrega al ideal.
Poseen además un gran corazón, fuerte y rebosante de nobleza pero a la vez sensible y vulnerable como el de la leyenda del cuento de San Jorge y el Dragón.

He convivido 4 meses con este híbrido de Denis Roadman y monje tibetano y puedo afirmar que estos putos chinos llevan mucha razón en lo que escriben.

Seguramente Alexis, tu modestia y humildad luchen por negarlo o restarle importancia, pero quería contar a todos a través de estas líneas la huella que tu paso por nuestras vidas ha dejado en nosotros.

Por suerte elegiste ejercer más de profeta que de guerrero o ala-pívot de baloncesto. Llegaste a Palma montado en tu pesebre-móvil Volkswagen de lunas tintadas, lo aparcaste delante de casa y empezaste a evangelizarnos a todos. Pipe y yo fuimos tus primeros indígenas: Inculcaste la religión en casa y su disciplina de oración diaria de 2 a 3 de la tarde y de 11:30 a 01:00 de la noche. Aprendimos de ti un nuevo lenguaje, parco en palabras pero expresivo y enfático como ninguno. Descubrimos tu novedosa cocina y yo comprobé que se puede freír un huevo en 45 minutos usando ese aceite tuyo de Caimari (que es el eslabón perdido entre el agua de embalse y la limonada) de 1,20 € la garrafa de 10 litros. Nos demostraste que el naranja con rojo a rayas blancas y bermudas de flores se puede combinar; a hostias sí, pero se puede. Y por último, hiciste del sonido una ceremonia divina, fue casi milagroso; nunca antes se escuchó cine en una pantalla de 24 pulgadas. Y que los vecinos tengan tanta gloria como paz auditiva les deja tu marcha. Amén.

Pero por encima de todo, nos diste una lección en lo personal y afectivo. Vivir contigo fue como navegar por un río en su tramo final, fue tranquilo, fue seguro, fue un placer.

Mucha gente está convencida de que toda nuestra vida y lo que nos sucederá en ella está ya escrito y solo tenemos que ir pasando las páginas de ese “libro” y aceptar lo que sus capítulos nos deparen. A mí esta visión de la existencia me resulta un tanto resignada y conformista. Si nuestra vida ha de estar escrita, yo preferiría verla no como un libro sino como una biblioteca con miles de libros y de posibles historias que vivir; nuestra vida vendría a ser la representación de una sala con las paredes forradas de estanterías piramidales de madera hasta el techo, repletas de libros. En medio de ese mar de libros, estamos nosotros con la posibilidad de elegir y seleccionar los libros, esos caminos ya escritos con finales tan dispares como impredecibles. No es una habitación estática, el suelo es una plataforma que va ascendiendo lentamente, sin pausa. En ese inexorable ascenso hacia el techo, los libros situados más abajo y que no elegimos leer van quedando bajo el nivel del suelo fuera de nuestro alcance. Miles de experiencias no vividas, de amores no sentidos, de desgracias no sufridas, de alegrías no gozadas, de hijos no natos. A medida que más nos elevamos son menos las opciones que nos quedan y más las que hemos desechado. Hasta llegar al inevitable techo en el que termina nuestro viaje, el fin de la biblioteca, la cúspide de la pirámide. Quizá sea por eso que nos encorvamos al llegar a una edad avanzada, en un absurdo intento por eludir el maldito techo, ese que a todos nos aguarda y que tarde o temprano acabaremos por alcanzar.

Por azahares de la vida estos últimos meses hemos estado compartiendo contigo el mismo libro o la misma estantería en la que nos hemos ido juntado todos los que ahora formamos parte de este rincón del ciberespacio que no es más que un espejo de una realidad bien plausible. Ahora cambias de estantería, ¿Fuiste tú? o quizá fue una travesura del destino, ese siniestro bibliotecario que a veces cambia los libros de lugar a su antojo y sin atender a argumentos ni a razones.

Desde aquí Master, todos te deseamos una feliz adaptación a tu nueva estantería – ya puedo ver el hueco que te han hecho y que pronto ocuparás en la sección de música y sonido-. Solo ten en cuenta y no olvides que desde aquí, y por muy rodeado y sumergido que estés entre volúmenes de arte y solfeo, seguiremos viendo tu dulce Cu. Feliz viaje amigo.

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